Por Carolina García Larraín
Directora Agenda de Capital Humano de la CPC y miembro del directorio de WorldSkills

Si este fuera un cuento de hadas, para ilustrarlo acudiría a dos imágenes: un pato cojo y la torre de Babel; ambas, bajo el título: “El síndrome de la iniciativitis”.

Hace unos años, partimos desde un diagnóstico como este:  un sistema cojo, ante la ausencia de una acción coordinada del sector productivo, como actor relevante en la formación; la torre de Babel, por la magra comunicación que ha distanciado a los distintos actores. Y el síndrome, por la inclinación a instalar iniciativas -diversas y exitosas, muchas de ellas- que buscan mejorar la buena formación de las personas; mejorar su calidad de vida y, con ellas, promover el crecimiento del país, el desarrollo territorial, pero, sin coordinación y sin complementarse con otras instancias, limitando su impacto.

En retrospectiva, ¿se podrá afirmar que, durante los últimos años, Chile ha avanzado hacia una formación de calidad?  Pareciera ser que sí. Tenemos evidencias que confirman los frutos de un trabajo coordinado. Por un lado, el pato está cada día menos cojo y se le ve avanzando de a poco y a paso firme (esto, por supuesto, con cierta cuota de optimismo). En este camino, es cada vez más frecuente ver al sector productivo y de servicios, empresas, gremios, nuevos empresarios y nuevos trabajadores, coordinándose y complementando sus visiones y necesidades con las de otros actores -como en la educación técnico profesional media y superior-; y disponiendo esfuerzos en poner a las personas al centro, apoyándolas en la construcción de sus proyectos de vida, significativos para ellas y de valor para la sociedad  con el despliegue de la nueva alianza CPC-INACAP, y sus recientes consejos territoriales, mentorías, entre otros desarrollos-. Pareciera ser también que Babel se desmorona -por fin- y se va facilitando el entendimiento mutuo. El país, hoy, cuenta con un Marco Nacional de Cualificaciones: un faro donde se aloja la información relevante sobre qué deben conocer y saber-hacer las personas para desempeñarse en el mundo del trabajo; una herramienta que promueve el diálogo entre la formación y el mundo laboral. Este es el tipo de políticas de Estado que estructuran puentes de comunicación entre diversos sectores. De esta manera, damos un paso más para alcanzar el sueño de un Ecosistema de Formación y Trabajo de alta calidad, con pasarelas para las rutas de aprendizajes y rutas laborales disponibles para las personas.

Quienes empujamos este carro de la formación técnico profesional, abrazamos un anhelo común: que las y los jóvenes y trabajadores tengan oportunidad de elegir con claridad qué itinerarios formativos y laborales tienen sentido para ellos. Conseguir esto, implica mantener el rumbo que se ha ido acordando.  Si se quiere avanzar más aún, es prioritario estructurar el tejido social, empresarial y territorial, sobre todo, en función de redes articuladas, como soporte firme de un sistema de formación.

¿Y está el horno para estos bollos?  ¿Qué falta para poder afirmar que Chile tiene una formación flexible, permeable, adecuada a las necesidades de las personas, los territorios, que contribuya al desarrollo sostenible del país?  Con una pandemia de por medio y ante un cuestionamiento estructural del orden político como el que estamos viviendo, estas preguntas ya no son solo retórica; se han vuelto una misión que debemos conquistar.  Pareciera ser que no se trata de pura ciencia ficción. Es posible, si se dan ciertas condiciones. También hay evidencias acá: contamos con una Estrategia Nacional para la formación TP, sustentada en un acuerdo co-diseñado por múltiples actores. Es una buena noticia, la consolidación de este esfuerzo por estructurar el marco de trabajos colaborativos entre organizaciones privadas, públicas, empresariales, gremiales, sindicales, formativas; en definitiva, por los principales actores responsables de co-construir un ecosistema de formación en Chile, que funcione con una lógica orgánica, en redes y con visión de largo plazo.

Aunque queda camino, seguimos tejiendo entre los actores esa confianza que permita mostrar banderas institucionales -las propias-, y, estar al mismo tiempo, comprometidos y complementados por el desarrollo de la comunidad.

 

 

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